Te dije que esto no terminaba allí I
Para mejor comprensión de este relato resumimos brevemente dos anteriores publicados en esta página con los títulos la inevitable infidelidad (primera y segunda parte). Allí contábamos un hecho real: Ángeles y Salvador después de dos años de compartir fantasías en el chat, se ven por un viaje que el hace por trabajo a la ciudad donde Ángeles vive. Tuvieron dos encuentros en los que rompieron la promesa de no pasar de lo virtual.
En el momento en que se separaron después de una intensa noche, Ángeles le dijo. Sabes una cosa: esto no termina aquí.
Casi un año después un curso de su especialidad (ella es médica) le dio a Ángeles la ocasión de viajar a Buenos Aires por una semana. Un seminario sobre Uso Racional de la Energía (él es ingeniero) fue el motivo por el cual Salvador pudo quedarse en esos mismos días en un pequeño departamento que tiene en el barrio de Belgrano.
Un domingo de octubre a media tarde Salvador viajó a Buenos Aires y despidió en Aeroparque a su mujer que viajaba al interior. Pocas horas después ya instalado en el departamento recibió el llamado de Ángeles anunciándole que su avión había aterrizado y ya estaba en el taxi camino a su hotel. Combinaron cenar y Salvador la buscó en su auto un rato después.
Se saludaron como amigos, tratando de ser discretos. Ángeles, estaba muy elegante con una pollera amplia y una blusa semitransparente. Salvador llevaba un pantalón gris, una chomba azul clara y mocasines negros.
La cena fue breve y muy agradable. Evitaron temas que los excitaran porque ambos habían acordado que esa noche era solo de amigos.
Luego fueron hasta el departamento de Salvador para que Ángeles lo conociera y lo ubicara. La excusa fue compartir un café.
Mientras él lo preparaba ella recorrió el departamento y fue al baño. Allí comprobó lo que ya sentía: estaba más que húmeda, empapada. Cuando volvió a la cocina al verlo notó que algo de Salvador estaba creciendo y abultaba ya la tela fina del pantalón. No lo hablaron pero no dudaron. Tenían tiempo para hacerlo.
Ángeles lo rodeó con sus brazos desde atrás y Salvador sintió en su espalda los pechos endurecidos. Se movieron y luego fue Salvador quien la abrazó también desde atrás, besándola tras las orejas y en el cuello. La cola de ella se hundió buscando sentir ese bulto que a esta altura tenia las dimensiones de la pija que ella deseaba. Se enfrentaron y se besaron largamente. Las lenguas jugaron, se enredaron y ese juego los puso a mil.
Entonces ella se sacó la tanga de encaje negro y la tiró. El hizo lo mismo con el pantalón y ella le sacó el bóxer. Los tiraron al suelo: era parte del juego previo.
El la alzó y la sentó sobre la mesada. Ella levantó su pollera amplia hasta que solo le cubrió la cintura. Y se ofreció.
El la miró. Gozó del olor a mujer en celo. Vio como estaban levemente hinchados los labios mayores brillando por el flujo húmedo que los lubricaba. Ella acarició suavemente la pija y la acercó a su concha. El prepucio corrido y la cabeza también brillante por los jugos preseminales. Jugó frotando los sexos uno con el otro y luego la acomodó para que él pudiera penetrarla.
Gozaron cada milímetro de la penetración, hasta que ambos sintieron que todo estaba adentro. Ella cruzó las piernas por detrás de la cintura de él para acercarse cuanto fuera posible y empezaron el caliente balanceo, las cadencias morbosas, los movimientos que buscaban y encontraban los rincones que más placer les daban, las respiraciones entrecortadas. Todo era lujuria en ese momento.
Ángeles sentía como esa pija se abría paso en sus entrañas y le parecía estar en el paraíso, de a poco el clímax se iba acercando.
Se balanceaban, él la metía y sacaba, hacia círculos en la concha y los dos estaban mojados, muy mojados…Ella le seguía el compás, ampliaba sus movimientos consiguiendo de esa forma aumentar el placer de ambos.
Sin dejar de moverse ella le sacó la remera. El hizo lo mismo con la blusa de Ángeles, ella se desprendió y casi se arrancó el corpiño y finalmente en un apretado abrazo las tetas se hundieron en el pecho de él. Luego él las acaricio, besó los pezones, se amamantó mientras ella le hacía saber con sus palabras y con los suaves arañazos en su espalda, cuanto le gustaba, cuanto gozaba.
Ángeles exploró todas las posibilidades que le daba esa oposición tan poco común. Bajó ambas piernas y sintió como el roce se concentraba en la parte delantera de su vagina y en el clítoris y enloqueció de placer. Las cruzó tras la espalda de Salvador y lo atrajo. Jugó contrayendo y soltando los músculos de la vagina. Eso enloqueció a Salvador. Finalmente las puso sobre los hombros de él y en esa posición le pidió que con un dedo la penetrara por atrás.
El lubricó sus dedos con la saliva y el flujo de Ángeles y lo acomodó esperando que ella se relajara y se abriera. Pararon en los movimientos y enseguida sintieron como se aflojaban el esfínter y el dedo casi sin presión se hundía en el culito de ella.
Volvieron entonces a moverse en un va y ven enloquecido que aumento aún más, si era posible, la excitación de ambos que querían que durara mucho, pero las ansias que tenían de comerse no los dejó, así que dieron rienda suelta al orgasmo que llegó como un torrente….
Recién en ese momento, cayeron en la cuenta de que estaban cogiéndose como tantas veces lo habían hecho virtualmente y una única vez realmente…
Extenuados, se abrazaron ya de pie y con la mirada se dijeron todo… y sobre todo, que esto no terminaba en ese momento…
Una rápida ducha (no había tiempo para más) en la que no faltaron las caricias que ambos seguían deseando dar y recibir… Al jabonarse uno al otro, hubo roces y hasta leves penetraciones que gozaron.
Mientras ella se secaba el pelo él sirvió el café postergado. Se vistieron y muy formales hicieron el trayecto hasta el hotel de Ángeles. La recepcionista le preguntó al darle la llave ¿Fue buena la cena? Ella respondió. La cena buena… El postre excelente.
Cuando entró a la habitación sonó el teléfono: la llamaban desde su casa.
Autor: Ángel Salvador
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